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Seamos como somos: una semana para habitar el Pride en Nômade Temple Madrid


Parte I


Hay fechas que se marcan en la agenda y luego está el Pride en Madrid, que es otra cosa: un cambio de frecuencia colectivo.

En cuanto arranca el verano, la ciudad afloja el paso. La gente camina despacio, las terrazas estiran las veladas hasta rozar la madrugada y la música se vuelve una suerte de hilo invisible entre esquinas, plazas y miradas que jamás se habrían cruzado. Son esos días en los que Madrid recuerda algo básico: que la libertad se ejerce ocupando la calle.


Con ese poso en el cuerpo crucé el umbral de Nômade Temple. Sabía que la programación venía cargada, pero preferí no leer demasiado. Quería entrar a ciegas. Dejar que pasara lo que tuviera que pasar.


Y vaya si pasó.


Las mañanas tenían un aire particular. Había quien arrancaba con una sesión de práctica, gente que solo buscaba un refugio de calma antes de volcarse al bullicio exterior, caras con la taza de café aún templada entre las manos o miradas perdidas apurando cinco minutos más de silencio. En esa primera hora, el Orgullo tomaba un matiz distinto, casi íntimo: el de una comunidad bajando las revoluciones juntos. Celebrar también es eso. Parar y coger aire.

Luego irrumpía el arte.


Entrar a la exposición de Pablo Pérez-Mínguez era como cambiar de dimensión temporal. Salones en penumbra, pasos quedos y, de frente, una galería de cuerpos teatrales, maquillados, frágiles y radicalmente libres. Fotografías tomadas hace décadas que, sin embargo, te lanzan hoy las mismas preguntas incómodas y necesarias sobre qué implica mostrarse sin filtros. Pérez-Mínguez retrató a un grupo de gente que hizo de la libertad su lenguaje creativo; reencontrar ese archivo en pleno Pride le daba un sentido nuevo a cada encuadre.


Lo mejor era el factor sorpresa: jamás sabías qué te esperaba al doblar la esquina.


Un día tropezabas con un taller de maquillaje donde el espejo dejaba de ser un juez para volverse un laboratorio sin normas. Al siguiente, la mesa se llenaba de agua, pinceles y bloques de papel. Nadie pedía credenciales artísticas; la idea era simplemente detenerse y traducir un destello de Madrid en una mancha de color para guardártelo en el bolsillo.


Y sí, también hubo espacio para replegarse hacia dentro.


En la sesión de respiración, el murmullo urbano directamente se extinguió. Después vino la meditación inmersiva, una invitación a estar presente desde el peso del propio cuerpo. Propuestas muy distintas cruzadas por una misma premisa: habitar la piel con la misma soltura con la que tomamos la ciudad.


Hasta el shibari encontró su sitio de forma totalmente natural. Las cuerdas estaban ahí, claro, pero el foco no era el nudo sino la conversación previa: la confianza, la escucha activa y el consentimiento articulados en cada movimiento. La cuerda era solo el pretexto para construir un lenguaje común.


Al caer la luz, la energía daba un vuelco.


Una de las tardes derivó en una listening session alrededor de un plato y un puñado de vinilos elegidos con finura. Empezamos todos sentados, casi solemnes. A los diez minutos, alguien ya taconaba el suelo. Al rato, otra persona se puso en pie. Y, sin darnos cuenta, la sala de exposición se disolvió para convertirse en un club improvisado donde gente que no se conocía de nada terminó bailando pegada, compartiendo canciones como si fueran viejos amigos.


Esa escena sintetiza todo. Una sala pensada para mirar cuadros que acaba siendo una fiesta espontánea. Hay cosas que, por más que se planifiquen, solo ocurren cuando se deja espacio para que pasen.


PARTE II


Las tardes llevaban su propio ritmo.

Tuvimos un concierto directo al pecho frente a las fotos de Pérez-Mínguez. Las canciones parecían alargar el eco de las imágenes; por un momento se volvió imposible separar la fotografía de la música. Todo discurría bajo la misma idea.

En cuanto caía la noche, el ambiente daba un giro radical.


Cambiaba la luz, la música ganaba peso y el espacio se volvía otra cosa. Había gente que aparecía directamente a esas horas para quemar la noche; otros venían de empalmar la tarde entera tras la exposición o la práctica matutina. A esas alturas, de dónde venía cada uno daba exactamente igual. Todo el mundo terminaba mezclándose sin darle muchas vueltas.


Cada sesión tenía su propio carácter. Unas te metían en el baile desde el primer segundo; otras iban cociendo la noche a fuego lento, hasta que te descubrías en medio de una pista llena sin saber bien en qué momento había pasado. Costaba diferenciar a quien acababa de cruzar la puerta de quien llevaba allí desde el amanecer. Y ahí radicaba lo potente de esos días: en esa mezcla total.


Si tengo que quedarme con un instante, lo tengo claro:  el ballroom.


Quien conoce la cultura del voguing sabe perfectamente que, antes de ser un espectáculo o una competición, fue un refugio. Un espacio donde construir tribu, adueñarse de la pista y gritar quién eres con cada movimiento. Durante unas horas, esa misma fuerza atravesó la sala. Cada pose, cada paso y cada desfile eran pura afirmación de libertad. Más que una actuación, fue un recordatorio claro de lo que significa el Orgullo.


Entre impacto e impacto, el punto de encuentro siempre terminaba siendo Café Libre.


Ahí era donde todo aterrizaba de forma natural. Unas personas ojeaban un catálogo comentando la muestra; en la mesa de al lado se debatía sobre el set de la noche anterior; un grupo preparaba el terreno para salir mientras otro decidía directamente no moverse de allí. Las charlas saltaban de un tema a otro sin prisa. Había espacio para quedarse. Y eso, en un Madrid hiperactivo durante la semana del Pride, era un lujo raro.


Al cerrar la semana me di cuenta de que el orden del programa se me había borrado por completo. Lo que quedaba era el poso:

El cruce entre las fotos y los instrumentos.


Una conversación que arrancaba frente a un retrato y terminaba tres horas después.

Un vinilo uniendo a un grupo de desconocidos a medio metro del altavoz.

Y la certeza constante de que siempre merecía la pena quedarse un rato más.


Esa terminó siendo la verdadera columna vertebral de Seamos como somos. Más que un despliegue de eventos, una forma distinta de vivir el Pride. Desde la pausa, la curiosidad y la escucha.


Porque el Orgullo también se construye en esos desvíos no planificados: cuando una charla se alarga hasta perder la noción del tiempo, cuando entras buscando un taller y te tropiezas con una comunidad, o cuando una canción hace que dos extraños terminen bailando pegados.


Las luces se apagan, los discos vuelven a sus fundas y se recogen las esterillas. La ciudad irá recuperando su ritmo de siempre, pero aquí se queda lo vivido y la tranquilidad de haber compartido un lugar donde estar a tu aire.


Y recordar que la libertad va justo de eso, de tener sitios donde simplemente puedas ser tú mismo.

Madrid Pride 2026

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