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El agua está fría. Quizás sea mejor. Últimamente vivo en mi cabeza, sin sentir mi cuerpo. El frío me obliga a moverme y, además, alivia el calor de la selva. Nunca nadé bajo tierra. Es una experiencia casi irreal. 


“Manténganse cerca mío. El cenote es un laberinto y es muy fácil perderse”, dice Mario, nuestro guía. Es un hombre de sonrisa amable y ojos profundos, con la piel trabajada por el sol y por el agua del mar. Pese a sus ¿50 años?, conserva el entusiasmo juvenil de aquellos que han venido al mundo a estar en la naturaleza. Pienso en un antiguo compañero de colegio, Juan Manuel, cuya libertad desbordante siempre admiré. A Mario lo puedo imaginar igualito a él, sin dudar ni un segundo en tirarse en la tierra para abrazar al perro de un desconocido, pero nunca podría imaginarlo en la cotidianeidad, en un supermercado o en la fila interminable de un banco. Me alegra que sea nuestro guía. Su voz grave me transmite plena seguridad. Creo que voy a poder disfrutar de la excursión sin pensar demasiado en los riesgos. 


Por otra parte, es imposible tener miedo. Este lugar es fantástico. Desde que descendimos, nadamos en un silencio compartido que no es más que una afirmación unánime: “qué maravilla”. Lo único que se escucha es el sonido del agua, en la que flota una arcilla finísima que se desprende con facilidad de las paredes de piedra. Nos cercan estalactitas que no lucen como de este mundo. Algunas son aéreas, otras submarinas. Pareciera como si en cualquier momento fueran a cobrar vida, como si alguna vez hubieran sido cilios en las entrañas de un gigante. 


También está el olor. Un aroma subterráneo y antiguo. El último recuerdo de un tiempo remoto. El Cenote, quizás, sea eso: un viaje a edades atávicas que nunca vivimos, pero que algo en nosotros, en lo más profundo de nuestras células, siente como una infancia perdida. 


Nado deliberadamente último, lejos de la linterna de Mario. En la penumbra, mis manos se vuelven ojos. Piedra fría, piedra húmeda, piedra viscosa. De tanto en tanto, mis pies tocan largas y blandas cabelleras: son las raíces de los árboles, que muy por encima de nuestras cabezas, reciben el calor del sol mexicano. 


Cada tanto, ese mismo sol ilumina la caverna. Cobran sentido las palabras de Mario en el auto, “el cenote se forma por la disolución de la roca caliza por la infiltración del agua de lluvia. Conforme la cavidad va aumentando de tamaño, puede terminar aflorando a la superficie por colapso de la cúpula”. Pero esas palabras casi enciclopédicas no podrían haber anticipado la hermosura de lo que ahora tengo frente a mis ojos. 


Cuando el techo del cenote se abre al cielo de marzo, el mundo verdaderamente se trastoca: la selva, antes familiar, se torna un espejismo en el cielo; y la cueva, un mundo hasta hace poco ignorado, se revela como la genuina realidad, donde las raíces de todos los seres beben su alimento. 


Pero eso no es todo. Debajo de estas aberturas colapsadas, el foco de luz exterior ilumina unas islas sobre las que crece abundante vegetación. En general, en su centro se destacan dos o tres árboles inmensos, que asoman sus copas por encima de la cúpula. Es como si un trozo de selva hubiera caído intacto sobre el agua y quisiera volver a la superficie. 


“Bueno, ahora vamos a entrar en una formación cavernosa más oscura. Es importante que no se separen, porque pronto la luz de mi linterna será nuestra única referencia”. Todos en el grupo nos miramos con algo de terror, pero con un incontenible entusiasmo. Nuestros ojos rejuvenecen y, repentinamente, somos cinco niños ansiosos de aventuras. 


A medida que avanzamos, la caverna se angosta cada vez más. Me siento a gusto. Es extraño, porque en general evito los lugares confinados: los ascensores, las escaleras mecánicas, las calles repletas de gente. Pero ahora la cercanía de la piedra se siente bien, casi como un abrazo. De a poco, comienzan a aparecer bifurcaciones en el camino, y Mario nos reitera su advertencia. Intento seguirlo más de cerca, pero no puedo. Las texturas, el aroma, el eco distante de los pájaros me hipnotizan y hacen que, fascinado, me quede atrás. 


Siento ganas de sumergirme y reposar largo rato flotando en esta tranquilidad subterránea y onírica. ¿Por qué no? Ya volveré al cemento, a los mails, a la fatiga de las reuniones interminables, a la alarma de las seis y media. Voy a hacerlo, si no es ahora, nunca. Acomodo mi snorkel, tomo aire y desciendo. 


Debajo del agua, dejo de sentir frío. Una sensación de profunda calma, como hace tiempo no sentía, me llena el cuerpo. Al cabo de un rato, sorprendido por lo mucho que pude aguantar la respiración, finalmente siento la necesidad de salir a tomar aire. Cuando me impulso para volver a la superficie, toco algo extraño con la punta de mis pies. Enseguida noto que no es roca, vegetación o naturaleza. Es algo puesto por la mano del hombre. La exploro un poco más y descubro que es una cuerda. Casi automáticamente me aferro a ella con los dedos gordos. Está tensa. Por algún motivo, esta cuerda me seduce, así que subo a tomar aire y me sumerjo nuevamente para tocarla con mis manos. 


Cuando la toco, inmediatamente un escalofrío me recorre la espalda. Me siento magnetizado a ella, absorto. Comienzo a tirar para avanzar, un brazo tras otro. Entro en una especie de trance, del que solo salgo para volver, de a intervalos, a respirar. Después de unos minutos de este reptar subacuático me topo con una pared de roca. La cuerda parece ingresar en una especie de túnel. 


Vuelvo a la superficie. 


No hay nadie. 

No se ve nada. 


Recién ahora me doy cuenta de que abandoné al grupo. No escucho sus voces, ni tampoco veo ningún indicio de la linterna de Mario. ¿Qué estoy haciendo? ¿Cómo voy a regresar? Comienzo a sentirme ansioso, arrepentido de haber sido tan temerario. Pero pronto me distraigo nuevamente. Jamás estuve en una oscuridad tan plena, tan pura, rodeado de un silencio tan sepulcral. En esta quietud sobrenatural, en vez de desesperarme, me calma. Tengo la extraña sensación de estar por primera vez en muchos años junto a mí mismo. Siento la mente despejada y el cuerpo liviano. 


No, volver es imposible. Tampoco quiero. En esta cueva, por primera vez en mucho tiempo me siento vivo. Vuelvo a sumergirme para palpar qué tan ancho es el túnel. Cuando estoy descendiendo, me doy cuenta que de la entrada sale un finísimo halo de luz. Me pongo de frente y, en efecto, veo que a lo lejos el agua se ilumina vagamente. Hay una salida. 


¿Pero qué tan largo es este túnel? ¿50 metros? ¿100? ¿200? Me resulta imposible calcularlo. Si es verdaderamente extenso, ¿podré aguantar la respiración? ¿Habrá una salida al otro lado? La única forma de averiguarlo es entrando en él. Vuelvo a tomar aire. Me sumerjo. Me agarro con firmeza de la soga e ingreso al túnel. Comienzo a avanzar. Un brazo, luego otro. Mis hombros y mis caderas rozan la piedra. Verdaderamente me estoy divirtiendo, qué suerte que decidí salir al menos un día del hotel. 


Pero hay algo raro. A pesar de que avanzo, la luz sigue siendo vaga y me sigue resultado imposible calcular cuánto falta para llegar a la salida. Nuevamente siento ansiedad. ¿Cómo pude ser tan irresponsable? Mario y el grupo me esperan más adelante, y yo poniendo en riesgo mi vida como un idiota. ¿Qué me pasa? Es cierto que necesitábamos unas vacaciones para salir de la rutina y no sentirnos, con 30 años, una pareja casada. ¿Pero arriesgarme de esta manera? Basta. Tengo que tomar una decisión. ¿Doy la vuelta? ¿Hay espacio para hacerlo? No, por el tiempo que pasó, si quisiera volver me quedaría sin aire antes de salir. Tengo que seguir. Comienzo a tirar de la cuerda con más fuerza. Me raspo los hombros y las rodillas contra la roca, me golpeo la cabeza contra el techo del túnel, pero no me importa, solo quiero salir. 


Ahí está, la luz es cada vez más brillante, y el azul oscuro del agua se va tornando nuevamente turquesa. A unos metros tiene que estar la salida. Ahí. La veo. Desesperado, salgo del túnel y me impulso violentamente hacia la superficie. Al salir, tomo la bocanada de aire más profunda y estruendosa de mi vida. Empiezo a escuchar el aleteo de los murciélagos, a quienes seguro desperté de su tranquilo sueño. 


“¡¿Qué pasó?! ¡¿Se encuentra bien?!” pregunta Mario. Apunta su linterna hacia mi rostro y me deja ciego. Cuando la corre, paulatinamente veo aparecer las caras de los cuatro integrantes del grupo, que formaron un círculo a mi alrededor y me miran aturdidos y con desconcierto. Parece que he tomado un desvío, y que nunca notaron mi ausencia. “En la profundidad hay una cuerda” les digo con voz temblorosa. “Ah, pero ese no es motivo para asustarse” me dice Mario, con su amable voz grave, “es una guía para usar en caso de que las linternas se queden sin batería. Siguiéndola siempre encontrarías la salida. Los buzos la llaman “línea de vida””. 


"Línea de vida". Ese nombre queda resonando en mi cuerpo agitado mientras contemplo, nuevamente hipnotizado, el árbol que detrás de Mario busca, desde las profundidades, volver al calor de la selva.

Cenotes

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