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I 


Por fin en el avión. Las últimas siete horas fueron una maratón de gestiones, pero el peso tibio de la niña dormida en mi pecho me apacigua. Antes de bajar los párpados chequeo al niño. Está sentado junto a la ventanilla con la espalda curvada, mece los pies que no tocan el suelo. Está feliz porque va a pasar las próximas seis horas frente a una pantalla individual con jueguitos. 


Miro al padre. Sé que está exhausto, llevamos casi dos días sin dormir, y sé que tampoco va a conseguir dormir ahora porque no cabe en el asiento. Sé lo que espera del viaje y sé que hay cosas que no se van a cumplir. Y entonces pienso que sé demasiadas cosas y detesto ser el tipo de mujer que cree que sabe demasiadas cosas. 


Estoy tan cansada que podría morir en este instante, aquí y ahora, sin tragedia, dulcemente sentada en un avión. Cierro los ojos. 


La bebé inhala y exhala a un ritmo corto y manso, como seguro respiran los pájaros cuando duermen. No puedo leer, no puedo ver una película, no puedo comer… Pero curiosamente puedo estar incómoda y relajada al mismo tiempo. Incluso puedo, en un repentino asalto de cordura, abstraerme del mundo y entregarme a soñar. 


II 


Me digo: ya estamos aquí, esta es la arena blanca de las fotos y este es el sonido de los halcones y pelícanos en Nômade. Me digo: abrí los ojos, esforzate por registrar el efecto balsámico del copal y el sabor del maravilloso plato de frutas que esta mañana, por fin, no tuviste que pelar ni cortar vos. 


Alguien ha preparado este desayuno para ti, para ustedes: gracias. Pero la paz no llega, porque la paz no se pide: se alcanza. Así que decido ponerme a trabajar por mi paz. 


III 


La rutina argentina se reproduce en el hotel, pero las sutiles variaciones la convierten en una nueva rutina Nômade. Almorzamos sentados en los tapices del piso de Macondo, lo que divierte muchísimo a la niña porque todavía no camina y nos tiene al hermano, al padre y a mí a su altura de gateo. 


O almorzamos al borde de la playa en La Popular, y mientras esperamos el pescado y los tacos, el niño se mete al mar con el padre. Los observo alejarse y sonrío porque tienen exactamente el mismo cuerpo y la misma actitud desfachatada de abrirse paso hacia el mundo. 


De golpe recuerdo el cuerpo del padre cuando nos conocimos. En una de las primeras imágenes que tengo de él se alejaba de la fiesta caminando exactamente igual, hasta que por algún motivo se dio la vuelta, se puso a conversar con un amigo en común, pidió otra cerveza, me divisó a lo lejos y se acercó a hablarme. 


Ahora se siente más gordo, con la piel más marcada, las ojeras más profundas. Yo creo que no ha cambiado tanto, sólo las canas que salieron de golpe cuando murió su padre, y esa mirada de águila que apareció cuando nació la manito que ahora sujeta para saltar las olas. 


Me gustaría que estuviéramos solos y follar como entonces, mirándonos como si buscáramos devorar la intimidad del otro. Había olvidado que esos recuerdos, esas imágenes a las que ya casi nunca vuelvo, también son una forma de hogar. El hogar que llevo conmigo. 


IV 


Un mapache empieza a aparecer todas las noches en nuestro balcón. La niña duerme. El niño está tirado en el sofá mirando dibujitos. 


Él y yo cenamos latke, tabouleh y baklava con un apetito insólito, disfrutando cada bocado con la indolencia de un Marajá. Le dejamos los restos al mapache y nos divierte reírnos de él, buscamos el parecido con conocidos. 


Hacía tiempo que no estábamos así, tumbados sin hacer nada más que conversar. Antes disfrutábamos nuestras charlas, nos gustaba probar nuestras teorías abstractas con el otro, discutir como si cada frase fuera un nuevo saque en un partido de pimpón. 


Pero como sucede siempre cuando hay niños, la topadora doméstica nos ha obligado a estar demasiado cerca del suelo. 


Estas últimas noches descubrimos que no hace falta encender las luces del balcón, el firmamento está tan repleto de estrellas que relativiza cualquier dramatismo o inseguridad. ¿Te acordás del cuento de Jhumpa Lahiri en el que una pareja se queda sin luz?, pregunto. 


A los protagonistas les llega una carta de la compañía de energía eléctrica de Boston en la que les anuncian que todos los días, entre las 20 y las 23 hs., está programado un corte de luz para hacer unos arreglos en su calle. La oscuridad los obliga a reencontrarse sin tele, sin música, sin distracciones. 


Durante una semana cocinan a la luz de las velas, conversan, se ríen, follan como hacía años no lo hacían, y cuando la luz por fin vuelve, deciden divorciarse. 


V 


El mapache ya tiene nombre y apellido: Pablo Iglesias. Lo eligió el niño, que con sus cuatro años no sabe nada de política, pero tiene un peligroso oído para las conversaciones de mamá y papá. 


Hoy Pablo Iglesias cena los restos de tajin y hamburguesa, mientras nosotros terminamos nuestras micheladas. Hacía años que no lloraba así –me cuenta– Fue como si me lavara por dentro. Los dos estamos trabajando por nuestra paz, cada uno por separado. 


Yo fui a una sesión grupal de Orgasmic Breathwork en la tienda marroquí cubierta de alfombras y almohadones oscuros que llaman Tent. Una pareja de franceses nos guió en una respiración secuencial, y a medida que la música, los perfumes y las voces fueron subiendo, mi cuerpo empezó a registrar las ondas expansivas de la hipnosis en grupo. 


Al principio me reí inhibida, después con una carcajada nerviosa, como si forzarme a reír así formara parte de un tránsito necesario. El esfuerzo tuvo recompensa, unas lágrimas suaves resbalando desde la comisura del ojo como el llanto de una viejita sola en su cama, sin destinatario ni vergüenza, en paz. 


Hay un tipo de alegría que no está hecha de luz sino de sombras, de una ausencia total de líneas, de contornos fijos. Había olvidado cuánto me gustaban este tipo de experiencias que suceden al margen de la lógica convencional. Desde que llegué a Nômade quiero probarlo todo, como si hubiera despertado el pensamiento mágico dormido en mí. 


Por lo que leí, el Wataflow es una técnica japonesa… me sigue contando. Movimientos guiados dentro del agua en un ritual íntimo que por momentos lo acercaban a la muerte, y en otros, al útero materno. 


Me dice que lo alivió, que lo reconcilió, pero yo no le pregunto con qué. Asiento con la serenidad que dejan en el cuerpo las emociones fuertes. Terminó abrazado al tío como un niño pequeño. 


Entonces me doy cuenta de que el problema entre nosotros es justamente ese: que he perdido la curiosidad; que si no me queda resto de atención y entrega para el mundo desconocido, mucho menos resto me queda para un mundo tan conocido como el suyo. 


Sé que la reconciliación tiene que ver con su padre y con la pérdida de un amigo, sé que el alivio tiene que ver con la maravilla de sus hijos, y también sé que debajo del agua, en algún momento, se habrá acordado de mí. Seguro cuando estaba más cerca del suelo. 


¿Y si hacemos algún taller juntos?, propongo. Bueno, responde demasiado rápido. En serio… Algo para la pareja que nos ayude a conectar. Sí, sí, dale, pero no pregunta ni propone nada. 


Pablo Iglesias se marcha a su madriguera. Los dibujitos que el niño está viendo dentro van de unos zombis que le dan miedo, así que hoy toca pesadilla asegurada. 


Nos quedan cinco días en este maravilloso lugar. Me levanto. Voy a convencer al niño de que deje la pantalla. Voy a lavarle los dientes, nos vamos a meter en la cama y vamos a leer un cuento sobre dragones. 


Después le voy a acariciar la espalda y mientras se vaya quedando dormido, voy a resistirme a pensar desde cuándo se da por descontado que de “esto” –de abrir un canal de diálogo entre el padre y yo, de encontrar la actividad adecuada y de cuadrar los horarios con la niñera– tengo que ocuparme yo. 


VI 


Lara nos espera radiante, pulposa y de admirable blanco en el centro de la Tent. Decido confiar en Lara, primero porque la necesito; segundo, porque hasta ahora de todos los talleres de Nômade me llevé algo. 


Arrancamos con una breve meditación en la que repaso un par de mails de trabajo pendientes, las indicaciones que le dejé a la niñera y lo que hablé esta mañana con mi madre. Cuando mi mente está más o menos en orden, entro al presente de la sesión: Embodied Connection. 


La primera propuesta es que descarguemos físicamente las emociones contenidas. Lara grita. Nosotros gritamos. Lara dice que hay que chillar más, zapatear más y sacudirse más, así: ¡AAAAAAAH!, con su magnífica boca bien abierta. 


Nosotros gritamos y nos sacudimos y pataleamos, pero mirándonos de reojo con una sonrisa irónica, como si necesitáramos recordarnos que no creemos demasiado en esto. 


Pero Lara sabe lo que hace y por eso la siguiente propuesta es que demos puñetazos a unos almohadones o –por qué no– nos los arrojemos entre nosotros (y ahora la sonrisa irónica está en sus labios). 


Yo prefiero seguir saltando con la música a todo volumen porque esa sensación de mareo es lo más parecido a la pérdida de control que voy a ejercitar en mucho tiempo. 


De repente, apenas alcanzo a frenar el almohadonazo que venía volando directamente a mi cabeza. Él se ríe desde el piso, pero su expresión es distinta, como si los labios sonrieran, pero los ojos no. 


Me doy cuenta de que entró en la propuesta y de que me odia con tanto amor que necesita que descargamos físicamente las emociones contenidas para conectar. El golpe de ese almohadón era una invitación a la intimidad. 


Y sí, yo también quiero, pero no puedo. No puedo devolverle el golpe ni con el almohadón ni con las manos porque estoy vacía por dentro, sin fuerzas, sin chispa. 


Así que le doy la espalda y grito. Mi voz sale herrumbrada y pobre, pero sigo gritando encerrada en mi concavidad mental. Necesito un poco más de tiempo. 


Lara baja la música y nos pide que nos sentemos en el suelo frente a ella. ¿Por qué están acá? Y nosotros, desesperados pero esforzándonos por mantener cierta elegancia, nos peleamos por hablar. 


Nos pisamos, refutamos lo que ha dicho el otro y nos complementamos. Escuchamos tantas veces estas mismas palabras que hemos perdido totalmente el pudor. 


Sabemos que la mayoría de parejas con hijos pequeños sufre esta desconexión sepultada por las micro decisiones domésticas; por el lugar en el que vivimos y por el lugar en el que cada uno desea estar; por las píldoras de resentimiento que se acumulan en los rincones del día a día. Pero el hecho de que nuestras emociones sean obvias no las vuelve más fáciles de gestionar. 


Lara dice que llegó el momento de volver a mirarnos a los ojos, observarnos en silencio durante cinco minutos de reloj. 


Me estremezco, no sé si soy capaz de enfrentar semejante intensidad, pero evidentemente es lo que vine a buscar así que clavo los ojos en su pupila derecha y pienso que sería infinitamente más fácil desnudarnos y ponernos a follar. 


Mirarlo así, reencontrarme con la temblorosa intimidad de la persona que es el testigo constante de mi vida, es igual a mirarme furiosamente al espejo. 


Siempre le digo que sus ojos cambian en función de la luz. Hoy tienen el color de la miel de eucalipto, con ese peso oscuro de la savia y toda su franqueza. A esta altura probablemente sean las pupilas que más se han posado en mí del planeta. 


Lloramos un poco, lo necesitábamos. También sonreímos, nos damos la mano. Lara hace silencio, su presencia ha propiciado el encuentro, está aquí, pero se desvanece. 


No sé dónde está él mientras me mira. En algún momento le digo con el pensamiento: más que tus certezas, me dan miedo tus inseguridades. 


Y pienso: ¿en qué momento perdí la capacidad de estar con él, de acompañarlo en sus caminos internos? Y después: ¿fue culpa mía? ¿Fueron los niños? 


Pero buscar razones o culpas es demasiado fácil y no sirve de nada. De lo que se trata es de no perder la curiosidad, el deseo de prestar atención al otro y a lo otro. De lo que se trata es de elegir el ejercicio de la vulnerabilidad. 


VII 


Lara nos pregunta qué necesitamos para estar bien. Casi todas las cosas que respondo no tienen que ver tanto con él como con nuestras circunstancias: tiempo, silencio, espacio mental, espacio emocional. 


Más que tus certezas, me dan miedo tus inseguridades, le digo. A veces creo que venimos con una capacidad limitada para querer y cuidar a otras personas, y siento que llegué al límite, que no puedo más, y Lara asiente con una sororidad sin idioma. 


Está tomada por la maternidad, dice él. Me molesta porque es cierto; aunque “tomada” no es la palabra. En su turno, me pide que sea más atenta con sus sentimientos. Menos cínica. Que vuelva a ser valiente. 


Y me mira igual que me miraba hace doce años, como si esa chica todavía estuviese aquí, en su interior. 


Lara nos pide entonces que encendamos la grabadora de algún teléfono y guardemos una renovación de nuestros “votos”. 


Él habla de honestidad, de movimiento, de algo que siente que nos diferencia. Creo que sé a lo que se refiere. Sí, sí lo sé. 


Le prometo seguir siendo su mujer sapiosexual y los dos reímos. Esta pareja sufre el placer masoquista de la dialéctica, somos vampiros, no sabemos pensar ni escribir ni crecer sin la cabeza del otro. 


Lara no está segura de que eso sea bueno, pero a nosotros nos gusta. Él asiente y a mí se me ilumina el rostro con una soberbia adolescente. 


Esto es nuestro, tal vez lo único realmente nuestro. Aquí no entran el niño y la niña. No están los trabajos ni los proyectos, sino la adrenalina, el desasosiego y el fulgor de los trabajos y los proyectos. 


Aquí no están los dilemas del dinero, de las familias, de los países…, sino la puesta en común de lo que el dinero, las familias y los países resuenan en nuestra intimidad. 


Pienso en un puente. Un puente firme que cruza un río tumultuoso y separa dos momentos en el tiempo. Él y yo estamos en mitad de ese puente, cada uno avanzando por su carril. 


De vez en cuando nos miramos, hacemos señas de luces, improvisamos indicaciones sobre el estado de la ruta. A veces entorpecemos la marcha, otras nos ayudamos a avanzar. 


Me gusta haber encontrado esta imagen tan verdadera, tan real. Lo nuestro es un movimiento autónomo y solidario, una forma de estar presentes con intensidad. 


No sé si es amor, pero sé que se parece mucho a estar vivos.

Puente

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