Me despierto con el sonido de mi risa acoplado al canto de un pájaro amigo. Chequeo mi celular. Aran me recuerda que a las 13:30 es mi mano a mano con Océano. Son las 12:45 y sigo embotado en mi cama, a la que finalmente logré llegar después de una proeza épica, justo antes de que amaneciera. Dormí poco y mal.
Agua mágica es una práctica de una hora y media. No puedo ir en este estado. “Buen día, Aran. Jornada nocturna de excesos accidentados. Intentando reaccionar. Necesito darme una ducha y comer algo rápido. Voy a llegar 10 o 15 minutos tarde. Perdón.” … No tengo cura.
“¿Estás vivo bro?”… “¿Qué nos dierooon??”… Es mi nuevo amigo. Su primer mensaje es de las 10 am, para desayunar. ¿Cómo hizo para arrancar tan temprano, si anoche parecía mucho más estropeado que yo?
Entra texto de Aran. “Buen día, Coraje. Puedes darte una ducha y comer algo tranquilo. Océano te espera en Macondo. No hay problema”. Esta mujer es una maravilla. Y yo un parásito irresponsable con resaca. Un… Basta. A dar la cara, como sea que esté.
Hago mi entrada triunfal a Macondo a las 13:53, con una carga de culpa indisimulable. Me retumba en el parietal izquierdo el comentario que hace unos días atrás hizo Andrés, un escritor madrileño de paso por Tulum, refiriéndose a mí, cuando llegué tarde a un encuentro en la Gratitude tent: “Coraje es más una metáfora que una persona...”, y que, a pesar de no haberlo entendido, en el momento tomé como un elogio, por la actitud afectuosa con la que acompañó el comentario, entre risas, porque Andrés es escritor y para los escritores metáfora es sinónimo de poesía; y porque ese día me sentía una sombra.
Aran me recibe con una sonrisa franca y un abrazo. Es un abrazo delicado, empático y sostenido. Enseguida se acerca Océano. Su contextura física no pasa desapercibida. Es un hombre alto, delgado, bronceado, italiano y fibroso, con un look entre despojado y estudiado, que lleva con gracia. Imagino que el prejuicio es mutuo. ¿Por qué? Por prejuicioso, claro.
“Coraje, Océano… Océano, Coraje”, nos presenta Aran, y da lugar a un trío de risas espontáneas. Ni en la telenovela mexicana más inverosímil se podrían juntar estos dos personajes.
Océano me estrecha su mano con calidez, mientras yo me disculpo genuinamente avergonzado por ser una metáfora de una sombra de parásito que llega tarde a todos lados. El maestro me responde con sus enormes ojos traslúcidos, posando la misma mano de dedos interminables en mi hombro izquierdo. El contacto es imperceptible, pero la energía que transmite, no. Como si me estuviera haciendo reiki.
“No te preocupes, Coraje. Tenemos tiempo. Vamos a trabajar con calma, en la piscina de una habitación, porque el mar no está en condiciones óptimas”.
“Yo tampoco estoy en condiciones óptimas, por eso creo que me va a hacer muy bien”.
“Esa es la actitud, te va a hacer muy bien. Tú solo tienes que relajarte. Cuando estás listo, vamos”.
Chau prejuicio.
“Todavía no estoy relajado, pero estoy listo. Vamos, te sigo”.
Con los trajes de neoprene puestos, nos sentamos a charlar en unos cómodos sillones, en el exterior de la imponente habitación 123, al borde de la pileta, con el mar de fondo. Océano prefiere no explicar. No vende nada. Cuenta y pregunta lo indispensable. Escucha. Observa. Es su manera de generar un vínculo, desde la disponibilidad. Sin forzar nada. ¿Existe algo más importante que aprender a vincularnos? ¿Alguien podría refutar que somos ignorantes vinculares?
“Antes de sumergirte, te voy a presionar el brazo con el dedo –me muestra cómo– para que tomes aire. Vamos a ir unos segundos abajo y luego te saco. La siguiente vez unos segundos más y así sucesivamente. Cualquier problema, me tocas, o sales. ¿Ok?”.
“Ok”.
“Esto es para que no te entre agua por la nariz”. Océano me coloca una pequeña pinza de goma que cierra mis maltratadas fosas nasales con la suavidad de un algodón.
La temperatura del agua es perfecta. Océano me mueve armoniosamente por la superficie. Con los ojos cerrados y el cuerpo extendido, me ocupo de respirar conscientemente. A la primera inhalación ya me siento relajado; a la tercera exhalación, empiezo a disfrutar la experiencia.
El sol se asoma, intermitente, a través de los árboles, para acariciarme la cara. Se van acumulando los mimos. Son demasiados. No voy a aguantar.
Mi madre dice que desde antes de cumplir un año ya rechazaba los abrazos y los mimos. “¿Cómo hace un bebé para rechazar el abrazo de una madre?”. “Con las manos, con los codos; no sé, te movías, era imposible abrazarte”. “No entiendo. ¿Cuándo empecé a hacer todo eso? ¿En qué momento dejaste de insistir?”. “No sé, Coraje, no me acuerdo exactamente. Son 6 ustedes. Pero desde muy chiquito tenías mucha fuerza y no te gustaba que te toquen”.
Océano me indica, con una leve presión de su dedo en mi brazo, que me va a sumergir. Adentro se siente aún mejor. La pinza de algodón en la nariz no permite que entre ni una gota de agua. El panorama es auspicioso desde donde se mire.
Mi padre se guardaba los abrazos para sus seres queridos. Por seres queridos se refería a sus amigos, en tono de chiste; y a pesar de saber que no era un chiste a mí me resultaba gracioso, porque mi padre era un tipo muy gracioso.
El único abrazo auténtico que compartí con él fue unos meses después de su muerte, en un sueño en el que yo sabía que se había muerto. Aún así me acerqué a mi padre muerto y, riéndose con alguien a quien elegí no ver, nos abrazamos en silencio.
Fue un abrazo largo, cariñoso y vital, de despedida, que yo quería prolongar. Entonces le pregunté: “¿Dónde estás?”. “En el Titanic”. “¿Estás con el Negro?”. “Sí. Estamos muy bien”. Y me desperté antes de soltarlo. El Negro era un íntimo amigo suyo –ser querido– que había fallecido unos días antes de este sueño.
Océano me mueve en el agua, cadenciosamente. Yo solo tengo que dejarme llevar, y permitirme sentir. No tardo en experimentar sensaciones que se asemejan al placer, a la libertad.
En cada entrada, siento mayor deseo de quedarme, de permanecer ahí. Océano toma mi tobillo derecho con su mano y me desplaza en diferentes direcciones. Son movimientos armónicos y definidos que me hacen flamear. Me siento un bailarín de ballet…
Aprendí a abrazar a los 40, cuando nació Camilo. Se aprende rápido con un bebé. A medida que fue creciendo, Camilo también fue desarrollando cierta tendencia a evitar el contacto físico, desde muy pequeño, por un tema sensorial que no es incurable.
Solo se trata de insistir. Lo abrazo mucho. Con y sin resistencia. Los más gloriosos son los abrazos que esporádicamente surgen de él, breves, torpes, viscerales, que reflejan su necesidad (y la mía), interna y externa, de naturalizarlos. Eso, en mi experiencia, es el amor. No tengo otra referencia.
Es mucho peso para un niño de 11 años; a veces me da terror asfixiarlo, que me rechace.
Salgo a la superficie. Por mis párpados se filtra una luz grácil, que pasa de rojiza a anaranjada. Afuera no está nada mal, pero… Océano me regala otra visita al magnífico universo paralelo.
En cada sumergida se potencia la sensación de familiaridad, de pertenencia. Y otra vez aparece mi madre. Y mi padre. Y yo como padre. Y yo como bebé… ¿Por qué, si estaba bailando tan bien?
Un llanto ahogado nace de mis entrañas. Es un remolino brutal de angustias acumuladas, miedos hacinados, dolores estrangulados, quién sabe por cuánto tiempo. Perdón, Océano, espero no asustarte. Me estoy victimizando. Es un hábito. No te preocupes, ya va a pasar, te lo prometo. No te vayas, por favor. Gracias.
Océano me saca del agua con delicadeza, en cuanto advierte que se apaciguan las últimas olas del tsunami.
Afuera, tengo que inhalar entrecortado para que no se repita el fenómeno, porque en este plano todavía reina el pudor.
El ritmo de las entradas y salidas está sincronizado por la sabiduría alerta de Océano, que maneja los tiempos y las formas con la sensibilidad de una persona que ama lo que hace.
Océano me hamaca por la superficie con ambos brazos, mientras susurra una canción. Parece una canción de cuna. Un nuevo remolino se anuncia en mi cuerpo, desde el hígado, y sube impasible; lo atraganto estoico, en la mandíbula.
“Suelta, Coraje. Deja que salga todo”. Me imagino soltando en la cara de Océano el tsunami de angustias que estoy conteniendo y se me escapa una carcajada desprolija, interrumpida por sollozos. Océano canta, yo sonrío.
Se vislumbra una chispa de equilibrio en el corto plazo, que Océano me permite registrar, antes de devolverme al universo paralelo.
Adentro, me lleva de un lado a otro con movimientos cortos y suaves. Luego, lentamente acerca mis rodillas a mi pecho, hasta que quedo en posición fetal.
Me veo en el útero de mi madre e inmediatamente tiendo a victimizarme. Me preparo para dejar brotar el llanto submarino estruendoso. Sin embargo, lo que brota es un llanto cándido, aliviador.
El cuerpo se desprende de los últimos pensamientos y de a poco parece volver a su estado más primitivo. Despojado de angustias, miedos, ansiedades, dolores y mezquindades.
Es un universo acuoso, de paz plena, que me abraza. Y yo quiero quedarme derretido en este abrazo atemporal, mientras el universo y Océano me lo permitan.

