Estoy en penumbras junto a doce personas, sentadas en círculo. Pienso que somos demasiados para este espacio reducido. Que nos va a faltar el oxígeno. Que en un sauna nunca pude aguantar más de unos pocos minutos. Pienso que no tengo que pensar en esas cosas.
Kai se coloca unos cuernos de ciervo a los costados de la cabeza, como una corona. Dedica algunas palabras a dioses y ancestros. Por turnos, cada integrante de la ronda imita a la chamana. Lo hago. Pienso en cómo me debo ver coronado por estos cuernos. Por suerte acá no hay celulares. Acá es el interior de una choza con forma de iglú hecha de ramas y cubierta por un tapiz indígena, grueso como un telón de teatro.
Con una herramienta rural tridente, el colaborador de Kai, a quien ella llama Jesús, traslada unas rocas desde una hoguera en el exterior hasta el interior de la choza. Son piedras volcánicas: blancas y lisas por fuera, incandescentes por dentro, como si tuvieran corazón de lava. Kai toma los cuernos de ciervo y, usándolos como extensiones de sus manos, deposita una a una de las piedras en el fogón de cemento, al medio de la choza. Al hacerlo, saluda a cada piedra:
Bienvenida, abuelita.
Nos pide que repitamos a coro.
Bienvenida, abuelita.
¡Puerta!, grita Kai.
Se baja el telón, volvemos a las penumbras.
Las abuelitas son infernales. Irradian un calor seco y envolvente. Siento las gotas de sudor deslizándose por mis piernas, mi espalda, mi cuello, mi torso desnudo. Vestida con un huipil maya, una túnica larga, liviana y blanca con dibujos bordados en colores vivos, Kai nos invita a manifestar una intención para este Temazcal. “Para aprender”, dice alguien. “Para agradecer”. “Para superar el duelo”. “Por mi bebé, que está por nacer”. “Para ganarle a la ansiedad”, digo yo.
*
A mitad de año, durante una videollamada en el trabajo, me quedé ciego. No fue gradual ni previsible: vi una luz blanca a los costados de la pantalla que invadió todo mi campo de visión. Por uno o dos minutos, que para mí fueron eternos, no había nada más que esa luz. Ninguno de mis compañeros se dio cuenta. Yo abrí la boca, pero el grito no salió. Fue como si mi cerebro se hubiera detenido. Escuchaba voces a mi alrededor, voces apagadas y distantes, como salidas de un pozo. Atiné a tocar la mesa con la mano. Necesitaba pruebas de que el mundo aún existía. Pero la luz blanca se disipó lentamente, deshaciéndose en el aire como un papel quemado que termina de consumirse. La editora frunció el entrecejo:
¿Estás bien? Voy al baño, dije.
Estuve largo rato frente al espejo. Completamente aterrado. Veía mi reflejo, pero era consciente de que en cualquier momento la luz blanca podía regresar. Era el principio del fin. El camino hacia la ceguera irreversible. Se acabaron los libros, las nubes y los árboles y los caras de las personas que amo, los cuadros en los museos y las películas de Scorsese o Paul Thomas Anderson. Nunca más vería una Santa Rita florecida, el cielo rojo del atardecer, la luna colgada entre los edificios, las estrellas sobre el mar o el campo.
*
La temperatura del Temazcal sube, no para de subir. Kai quema copal sobre la superficie de las piedras volcánicas. Una nube caliente de vapor perfumado nos abraza. La chamana azota las piedras con un atado de hierbas aromáticas que extrae de un balde con agua; las piedras sisean, el calor aumenta, nosotros transpiramos, nos derramamos en forma de gotitas de sudor sobre la arena.
Envuelta en la nube, escuchamos a Kai decir que ella practica el Temazcal desde los 16 años (ahora debe rondar los 30, aunque es imposible saber su edad). Dice que vamos a cumplir con cuatro rondas, cuatro puertas, una por cada elemento. Que el Temazcal es una forma de medicina ancestral que ayuda a prevenir enfermedades. Aprovechen esta ceremonia, aconseja, para soltar la mente de las preocupaciones cotidianas y viajar hacia adentro, como una meditación.
En la intimidad pegajosa de esta “Casa de vapor” (eso significa Temazcal en náhuatl, explica Kai), coloco mi cabeza entre las rodillas. Suelto transpiración, saliva, mocos: el calor afloja todo lo que tengo adentro. El calor, descubro, es una forma de conectar con el presente.
Kai toma otro ramillete de hierbas de un balde con agua, golpea las piedras, las abuelitas sisean. Asciende una nube de vapor y con la nube aumenta el sofoco. El aire quema. Respirar quema. Huelo a hierbas quemadas. Sudo por todas partes: frente, axilas, piernas, huecos poplíteos. “Primer elemento: fuego”. Kai habla y después canta y nos invita a cantar, a repetir su canto en español, en náhuatl, en inglés. Acompaña nuestros cánticos con un extraño instrumento de viento. No sé qué es, no veo bien entre la bruma. Parece soplar la calavera de un coyote que, intuyo, debió haberse muerto de sed en el desierto hace miles de años.
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A los tres días volvió a suceder. En una reunión con unos clientes belgas, vi la luz. Como si hubiese mirado el sol de frente durante una hora, la realidad se convertía en una pantalla blanca. Mi equipo de trabajo, los belgas, las computadoras, todo desapareció en esa luz.
Los estudios médicos descartaron fallas orgánicas. Tuve entrevistas con psiquiatras poco empáticos, recetadores seriales de ansiolíticos. Una amiga me recomendó a una psicóloga que ya se había jubilado pero atendía en las afueras de la ciudad, en una especie de cabaña del bosque.
La doctora Katz fue la primera persona que me escuchó de verdad. Era una mujer de rostro sereno y ojos grises. Tenía una voz estridente, que asustaba a los pájaros. Las sesiones eran largas caminatas bajo las sombras de unas casuarinas.
En uno de los primeros encuentros, le confesé que desconfiaba del resultado de los estudios. De la oftalmóloga, del neurólogo, de los psiquiatras. ¿No debería pedir una segunda opinión? ¿Y una tercera, si hacía falta? Caminábamos entre los árboles; ella con las manos entrelazadas detrás de la espalda, yo con las manos en los bolsillos. La doctora Katz me tranquilizó. Dijo que no había nada malo con mi vista. Que la ceguera temporal era un síntoma, habría que desentrañar un síntoma de qué, aclaró. Después se detuvo bajo los árboles y me observó con ojos pícaros.
-Nunca me gustaron los analistas que dan consejos. Pero desde que estoy retirada tengo mis permitidos.
Sugirió que intentara amigarme con mi síntoma. Que no lo viviera como una fatalidad. Le respondí que amigarme con la idea de caminar por la calle con un bastón y un perro lazarillo no era muy tranquilizador. Ella hizo de cuenta que no me escuchó. Quizá la luz blanca vino a decirte algo de vos que no sabías, dijo sin mirarme.
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Las abuelitas siguen viniendo. Tres, cuatro, cinco piedras volcánicas que emanan un calor implacable. Mis ojos se acostumbraron al interior penumbroso de la choza. Veo cuerpos recostados sobre la arena, cabezas gachas, vencidas; una pareja californiana joven, él con las mejillas rojísimas, como pintadas. Veo a una mujer a mi izquierda que no la está pasando nada bien. Con su tridente, Jesús trae otra piedra de la hoguera. Igual a las demás: blanca y seca en el exterior; por dentro, al rojo vivo.
Bienvenida, abuelita.
El calor ocupa todos los espacios. En el segundo round, elemento agua, Kai pide que, por turnos, nombremos a nuestras madres. Luego de presentarlas, tenemos que decirles unas palabras. “Te quiero, ma”. “Te extraño”. “Gracias por la vida que me diste”. Yo me escucho decir: “Desde que llegué, no me mandaste ni un mensaje” (¿pero yo quiero hablar con ella?). Kai pronuncia unas palabras en lengua maya y después pega un grito en español: ¡Puerta!
Con el grito llega el alivio. Del otro lado del mundo, Jesús levanta la tela que cubre la entrada. La temperatura desciende unos grados. Aprovechando la pausa entre rounds, exhausta y balbuceante, la mujer a mi izquierda pide abandonar la ceremonia.
¿Por qué?, pregunta Kai desafiante.
La mujer responde que no se siente bien.
Ella sale; las piedras volcánicas siguen entrando.
*
El último episodio lo tuve en el supermercado. Todos los productos de las góndolas se hundieron en la luz blanca. Inmóvil en medio de los largos pasillos, asumí que esta vez era la definitiva. Ciego hasta el fin de mis días. Quise gritar pero de nuevo la voz quedó atrapada en alguna parte entre el pecho y la garganta. De repente distinguí una cara que se abría paso en la luz. Sentí tanto alivio que casi abrazo a ese repositor que ordenaba productos de limpieza y me miraba con desconcierto. Nada más olvidable que un repositor de supermercado: yo puedo decir que nunca voy a olvidar aquella cara.
Le conté el episodio a la doctora Katz. Ella detectó cierto fastidio en mi relato. Quiso saber qué me pasaba. Me encogí de hombros. Dije que tenía miedo de depender toda mi vida de los ansiolíticos, y que ni siquiera tenía muy claro cuál era el origen de la luz ni por dónde empezar a atacarla. La doctora Katz guardó silencio. Nuestros pasos hacían crujir la hojarasca. Con la autoridad de su voz proyectada, que rompió el silencio del bosque y produjo aleteos, dijo:
-No te digo que lo pienses como un don, como dice Borges en una conferencia famosa sobre la ceguera. Pero sí que pienses al síntoma como algo tuyo. Algo tuyo como tus manos, tu cabeza, tu nariz. Tus pensamientos. Por qué en lugar de enojarte con la luz, no intentás disfrutarla.
*
Después de más de una hora de Temazcal, no sé en qué round estamos.
Me derrito en un charco de mí mismo.
Kai azota las piedras volcánicas con ramas, sisean, el vapor sube, el perfume ardiente entra a nuestros pulmones, Qué prefieren, temazcal u hospital, arenga Kai, y nosotros, atontados, la piel brillante de sudor, respondemos Temazcal con voces a destiempo, y el calor es lo único que existe en el mundo, no se puede hacer otra cosa que sentir este calor seco y húmedo a la vez, esta oscura inmovilidad de fuego, somos un campamento de trece locos en la boca de un dragón, ¿Abuelita like granny?, susurra el californiano, y pienso que mi corazón late muy despacio, me falta el aire, oxígeno para mi sangre espesa como lava, y el tiempo gotea lento, la doctora Katz y su casa en el bosque y mi casa en Buenos Aires y hasta la ceguera temporal están lejos, lejísimo de acá, siento nostalgia y ganas de llorar y quizá lloro, lágrimas mezcladas con sudor, sal con sal, Kai con Katz, las voces en la ronda cantan y yo canto como puedo, cambio de posición como un reptil, como un dragón de Komodo que vive en una isla y nunca va a saber lo que es tener ansiedad, y los rounds siguen pasando y las hierbas azotan las rocas y las abuelitas sisean y las gotas de agua se vuelven vapor, sofocante nube perfumada.
¡Pueeeerta!
Fin del Temazcal. Salgo de la choza casi reptando. Aturdido. Contento. El sol me lastima los ojos. Alrededor de los cuerpos, los árboles, los senderos, hay un aura. Una luz envuelve todas las cosas; una luz tranquila, vegetal. Me rindo ante ese destello. No me importa no ver nada más: me quedo en la luz, la habito. Al rato, me invitan a formar un círculo alrededor de la hoguera. Nos tomamos de las manos frente al fuego. Kai cierra la ceremonia con unas palabras para los dioses. De a poco, la veo: sin su huipil, se revela una chica joven, de pelo muy largo y mirada seria. En fila india, todavía tomados de las manos, vamos hacia el mar.
*
Nos metemos al agua. Se parece a un bautismo después de haber vuelto a nacer. Me entran unas ganas tremendas de nadar. Nado con alegría, como cuando era chico y estaba de vacaciones. Nado un crawl poco elegante pero entusiasta. Escucho mis brazos, que hacen ruidos de alas contra el agua, y no pienso en otra cosa que en la próxima brazada y en la próxima respiración, en nadar todo lo que pueda mar adentro.

