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Algo empieza a asentarse en mí.


Veo flotar una luz ámbar que se cuela entre los árboles, impregnada en las hojas. Recorro el camino descalza, con mis sandalias en la mano. Es raro hacerlo entre las plantas, escuchando una música exploradora y exótica.


Huelo el copal, su presencia ya me es familiar y me reconforta. Llego al cruce de caminos y antes de doblar hacia la izquierda, ahí está. De un cuenco gris de piedra sale el humo blanco, sagrado. Me detengo un instante frente a él. Veo cómo emana hacia abajo, volutas de humo que rozan el suelo antes de expandirse hacia los costados. Cierro los ojos e inhalo. Me hace acordar a la casa de mi infancia, a los sahumerios que prendía mi madre.


En mi casa, me espera una relación desgastada, que no me entusiasma hace rato. Que espero tome otro rumbo, pero ahí sigue. Persistiendo en el tiempo como una llaga que se profundiza cada vez más.


Me reconforta pensar que las vacaciones recién empiezan, que tengo tiempo para pensar o, al contrario, para ignorarlo hasta nuestro regreso.


Debo tomar una decisión. O quizás ya la tomé, y todavía no lo sé.

Entre la vegetación, se abren distintos caminos: dudo sobre cuál elegir. La Shala está escondida detrás de las treehouses y todavía no me aventuré hacia esa parte del hotel. Una vez ahí, tomo un vaso de agua helada mientras terminan de llegar todos los participantes.

El espacio es abierto, pero está protegido por la frondosidad de la selva. Nos espera una mujer de mediana edad con una camisola rosa, el pelo ondulado cae hacia los costados de la cara. Está sentada en el piso. Frente a ella hay un lienzo con cuarzos también rosas, de distintos tamaños y texturas. Sus ojos celestes se abren grandes y expresivos para darnos la bienvenida.


Su nombre es Maryke. Nos cuenta que es australiana y que va a ser simplemente una facilitadora: todos respiramos, dice, sabemos cómo hacerlo, y ella nos va a guiar para alcanzar un estado de relajación y paz interior.


Una de las respiraciones consiste en respirar y exhalar haciendo un ruido con la boca muy abierta, como si fuese un suspiro alargado. Otra se debe hacer en tres partes. Como plus, cada tanto debo contener la respiración y largarla cuando ella lo indique. No aguanto todo lo que debería. El cuerpo me pesa, siento que la angustia me toma por completo y me paraliza contra el piso.


Maryke prende un pequeño parlante, suena música suave. Estoy sentada, pero sólo pienso en acostarme. Si es posible, en posición fetal. Abrazarme.


Abro los ojos, escaneo a las personas a mi alrededor. De nuevo, como en otras actividades, envidio ligeramente a los demás. Me imagino que tienen la mente en blanco, que sienten una paz que los lleva hacia meditaciones trascendentales, transformadoras.

Por momentos quiero gritar, salir corriendo, esconderme, pero ahí estoy: sentada, consciente de mi mala postura, intentando no arquear la espalda. Huelo el copal, lo siento cada vez más intenso. Me ayuda a anclarme al presente.

Maryke nos guía con dulzura.

Inhale, exhale.


En algún momento Maryke nos dice que podemos acostarnos. El piso me sostiene; ansío que sea un refugio, pero me siento desamparada, desprotegida sobre el mat. Cada tanto, un escalofrío me recorre el cuerpo. Asumo que es la falta de sueño, enfriando mi temperatura corporal.


Mi mente encuentra una alternativa: disolverme. Disolverme en el sueño, sobre la madera, disolver el malestar con la respiración. Es un anhelo infantil, desesperado, ridículo.


No pienses.
No pienses más.
Es imposible.
Tranquila, ya termina.
No es cierto; recién empezamos.


¿Qué hago acá, bajo el techo de palapa, cuando podría estar acostada de cara al sol, con los pies en la arena y un libro?

Inhalo. Puntadas de dolor me recorren el pecho y la garganta. Escenas y palabras flotan en mi cabeza, rebotan, se funden entre sí. Me caen algunas lágrimas y no puedo parar de bostezar.

Hace poco le mostré a Nicolás un texto del cual estaba orgullosa. Él estaba acostado en la cama, yo sentada en la silla del escritorio, la computadora sobre las rodillas. Leí con voz trémula, entusiasmada, supongo que buscando su aprobación. Con desdén, y sin mirarme a los ojos, él dijo que se podía mejorar. Sólo eso.

Exhalo. Los ojos me arden y me pesan.


Inhalo. En aquel momento, quizá buscando provocarlo, le conté a Nicolás que a mi jefe le había gustado mucho. Y a mí también me gustaba (eso no se lo dije), porque lo sentía honesto, el tema aún me conmovía. Él escuchaba mirándose la punta de los pies. Cuando terminé, soltó: “está bien, lo que digo es que se puede mejorar bastante”.


Algo me presiona el pecho. El aire entra a cuentagotas.

Exhalo.

Mi cuerpo entero me advierte que algo no está bien, pero en el fondo ya lo sé.


Me niego a pensar en todo esto. Pero brota, aflora de mi interior, aunque yo no quiera.


Estoy de vacaciones: tengo que olvidarme de lo que me molesta, disfrutar de este tiempo con mis amigos, de pasar tiempo en la naturaleza, de vivir experiencias nuevas, de comer y beber, de tomar sol, de hundir los pies en la arena.


Quiero concentrarme, ser consciente del aire y de mis pulmones para abandonar la cabeza. No lo logro. Conecto con mi malestar. Lo dejo ser, crecer, habitar en mí. Tengo la esperanza de que, si crece, pueda rebalsar los límites conocidos e irse, disolverse en el aire.


En algún momento dejo de escuchar a la practitioner y me concentro en mi respiración. Había estado varios meses —¿cinco?, ¿seis?— editando el libro de cuentos de Nicolás. Antes de ir a trabajar, desayunábamos por videollamada, leyendo palabra por palabra. Cambiando el orden de las oraciones, reescribiendo. Estuve en la presentación, en calidad de novia y editora.


Exhalo lento.

Tuve un ataque de angustia una vez que terminó todo. “Te bajó el estrés, tranquila”, me decía una amiga mientras me acariciaba la espalda.


Respiro de nuevo, intento darle el ritmo que creo que debe tener el breathwork, pero no me sale.

Exhalo.


Algo en mí ya lo sabía. Muy lentamente, el nudo en la garganta se va aflojando, y más lágrimas se liberan. Se me cierra el pecho. Me da vergüenza llorar, a pesar de que todos los participantes están con los ojos cerrados y se supone que nadie puede verme.

Mi madre suele contar que, cuando yo era bebé, mi padre y ella se reían pensando que iba a ser la primera bebé arrugada del mundo. Lloraba muchísimo, casi por cualquier cosa. Todavía puedo llegar a ser la persona más arrugada del mundo.


Inhalo de nuevo, esta vez con más fuerza. Siento el malestar físico otra vez disolviéndose. Las palabras que no dije, atoradas en mi garganta. Con los ojos todavía cerrados, las lágrimas limpian mi cara.

Maryke nos llama al presente. La actividad está terminando. Inhalo y exhalo una última vez. Abro los ojos, la luz ámbar me ciega por unos segundos. Giro sobre mi lado derecho y veo a los demás haciendo lo mismo. Tengo más sueño que antes. Trago en seco.


—¿Alguien quiere compartir lo que le pasó, decir algo? —pregunta Maryke.


Nos sentamos en silencio, nadie dice nada. De a poco, nos empezamos a levantar. Algunas personas se acercan a Maryke.

Suspiro. Vuelvo por los caminos, entre la selva, y me llega una oleada de copal. Los mayas lo consideraban un humo sagrado, capaz de purificar y ahuyentar los malos espíritus.


Mi cuerpo está amoldado al ritmo de la respiración. Mis brazos se aflojaron, igual que la garganta y el pecho. De alguna manera la respiración hizo circular la emoción. Hay algo del aire que entra y sale, fluido, que me permite poner las cosas en perspectiva. Tomar distancia.


El copal se difumina junto a la luz ámbar, entre las hojas.

El humo sagrado

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