Emprendo mi camino hacia la Yoga Shala. Atravieso un salpicado de sillones y reposeras mirando al mar, paso por el costado de una construcción de madera, bajo unas escaleras y sigo derecho hasta que me encuentro ante un muro vegetal, hecho de lianas y árboles y plantas entrelazadas. Me detengo unos instantes a observarlo. A mi izquierda, un cartel enigmático anuncia: “Wonderland”.
Me adentro por un sendero perfectamente dibujado entre las plantas. De este lado del umbral, los árboles se hacen más altos y la vegetación más frondosa, y pronto se elevan armónicas estructuras de madera a mi alrededor, suspendidas entre los árboles, en altura.
Más adelante, a medida que avanzo, se desvela un espacio inmenso, con un techo altísimo de palapa. Dentro, unas veinte personas, casi todas mujeres, esperan en silencio sentadas sobre unos almohadones de motivos orientales.
Un humo blanco y espeso, con intenso aroma especiado, entra a la Yoga Shala. Me instalo atrás de todo y me dispongo a esperar. Mi pelo está inflado, mi piel sudorosa brilla y el calor, sofocante, me pesa.
Entonces, al frente del escenario, un sonido suave comienza a captar mi atención.
Sobre la izquierda, una DJ afroamericana de cabeza rapada, vestida de negro, comienza a tocar una música etérea, a un ritmo lento.
En el centro, la practitioner, una chica muy bonita, de piel trigueña y pelo negro, se presenta. “Cuando era chica fui abusada sexualmente…”. En la Yoga Shala reina el silencio.
Me quedo helada y, por unos instantes, dejo de escuchar sus palabras. No logro concentrarme en lo que dice sino en la forma en que se comunica: en su aura afable, en sus gestos agraciados, en su mirada triste y comprensiva. El tiempo cobra un espesor viscoso y siento que, por un momento, no estoy plenamente ahí.
“Respiren fuerte y retengan el aire. Luego suéltenlo”. Erguida, sentada con las piernas cruzadas, siento el aire entrar hasta mi estómago, y salir por mi garganta.
“Suéltenlo, suéltenlo todo”, repite la practitioner con una voz entrecortada. Emite un chillido y, con la mirada, nos invita a seguirla. Pienso que muchas cosas en Tulum pueden parecer diseñadas para turistas, pero el dolor de esta practitioner es real.
Comenzamos el tapping. Con la yema de mis dedos, hago tap en mi cabeza, en mi frente, en mis mejillas, debajo de mi nariz, en mi mentón. En el borde exterior de mis manos, dedo por dedo. En el pecho —debajo de la clavícula—, y en el corazón.
“Piensen en cuál es su intención para esta práctica”.
Poco a poco, la música cobra vitalidad al ritmo de unos tambores al principio espaciados, que se intensifican gradualmente.
Quiero ganar confianza en mí, en mis procesos, en mis acciones.
“Conéctense con esa herida profunda que cargan…”, dice la practitioner con voz quebrada, “…adonde los lleve su inconsciente”.
Tap. Tap. Tap.
Me veo caminando sola, a la vuelta del collège André Maurois por l’Avenue du Roule, en la banlieue más burguesa del país. Me gustaría encontrarme con alguien, ir a tomar el té juntos, pero no tengo a nadie.
“Conéctense con ese dolor”.
Tap. Tap. Tap.
Los tambores entran en una cadencia cada vez más rítmica, más intensa.
Revivo corporalmente ese momento, mis ojos se humedecen, siento una bola en la garganta. Me conecto con la sensación de vacío, con aquel silencio, yo sola en medio de la ciudad más linda del mundo.
5, rue d’orléans. La dirección de mi soledad. El camino repetitivo y oscuro por el que mi madre me llevaba cada mañana al colegio. En aquel barrio de edificios perfectos, presencié por primera vez la violencia. Jérémy, ese chico triste que aún parecía un niño, recibía golpes ante la mirada pasiva de los profesores.
“Encuéntrense con esa persona que fueron. Envíenle su luz a esa persona. Si tuvieses algo que decirle, ¿qué sería?”. El ritmo de los tambores se asemeja al de una marcha.
Sería: todo va a estar bien, en algún momento vas a encontrar gente que valga la pena en tu camino, en algún momento el dolor va a pasar. Tené paciencia.
“Díganlo en voz alta”.
Tap. Tap. Tap.
No sos esa persona, ni lo que te hicieron creer.
Te rechazaban Jérémy, eras el hazmerreír de todos y la prueba viva de mi soledad. Vos en el centro de la atención, yo al margen, ambos afuera. Dos extranjeros absorbiendo la maldad adolescente de nuestros compañeros. Más ellos se afirmaban a través de sus burlas, más nosotros nos retraíamos en nuestro más absoluto silencio.
“Díganlo de nuevo”.
Tap. Tap. Tap.
No sos esa persona, ni lo que te hicieron creer.
Un día te golpearon tan fuerte que terminaste desgarrado, en el piso, pidiendo a gritos que te dejaran ir. Tuvo que sangrarte la nariz para que un preceptor se dignara a gritar “assez”, más preocupado por el barullo que por tu situación. Y yo no hice nada. No te podría haber defendido, Jérémy, si ni siquiera podía permanecer parada sin ansiar desaparecer.
La practitioner vocifera: “Repitan conmigo: Me perdono y le doy lugar a lo nuevo”.
Tap. Tap. Tap.
Me perdono y le doy lugar a lo nuevo.
“Tres veces”.
Me perdono y le doy lugar a lo nuevo.
Me perdono y le doy lugar a lo nuevo.
“¡Más fuerte!”
“Saquen todo lo que tienen dentro”.
Tap. Tap. Tap.
Los tambores suenan, frenéticos.
En ese momento, siento que mis piernas se durmieron. Intento moverlas y no responden. Miro mi pie. Tiene un color violáceo. Me desespero.
“Propónganse cumplir con su intención”.
Tap. Tap. Tap.
Tengo que usar las manos para enderezar mis piernas sobre el suelo. Comienzo a sacudirlas de un lado para otro. Mi angustia crece mientras, alrededor, todos siguen haciendo tapping.
Detrás de mí, una chica francesa grita su intención como si no hubiese nadie más a su alrededor: “je me pardonne”, “je m’aime”, “j’accepte d’être moi”.
A mi izquierda, una chica morena baila al ritmo de la música ahora festiva. Sigo sin poder lograr que los dedos de mis pies reaccionen. Pienso en pedir ayuda, pero no quiero. No quiero quedar expuesta. Pero por qué me importa tanto mostrarme vulnerable.
Desesperada, miro a la practitioner, pero ella no me ve, parece estar en otro espacio. Y entonces, el dedo gordo de mi pie derecho elabora un tímido movimiento. Muy despacio, los otros dedos lo siguen.
Apoyo el talón sobre el suelo, siento como si se me clavaran miles de agujas. A pesar del dolor, sigo haciendo presión contra el piso, para que la sangre fluya por mis piernas.
Con las manos, arrastro mi pie izquierdo y apoyo mi otro talón. Un dolor agudo me atraviesa, pero sigo moviendo mis piernas, con la ayuda de mis manos, hasta que ya no las necesito.
A pesar del dolor, me levanto.
Comienzo a dar pisadas fuertes contra el piso de madera de la Shala, buscando que mis piernas recuperen su vitalidad. Lo logro. Tomo impulso y, como si no me hubiera pasado nada, me pongo a bailar.
Entonces me muevo, me sacudo, sacudo mis piernas, es como si hubiera aprendido de nuevo a caminar.
Bailo, sonrío, me libero. Una mujer que podría ser mi madre me abraza, al borde de las lágrimas, y nos quedamos así, un momento, el reflejo la una de la otra, y también el consuelo.
Luego nos fundimos todas en un abrazo colectivo, comprensivo, vulnerable. A ti también te abrazo, Jérémy. No quiero volver a sentirme nunca más así de sola.
Cuando termina la actividad, me quedo un rato contemplando el paisaje. Me conmueve el olor a tierra mojada, la terminación perfecta de las plantas, las minúsculas gotas esparcidas sobre las hojas de un verde traslúcido.
Me emociona el recuerdo del tapping todavía fresco, la evocación de mis días en París, mis piernas inmóviles, la sensación terrible de no poder pararme mientras nadie se enteraba de nada, la soledad dentro de la soledad.
Observo, desde mi lugar, y todo a mi alrededor parece cobrar vida. Por una vez, me siento conectada a algo más grande que mi persona. Siento que, sin palabras, como pude, dejé de lado mi ego y compartí mi dolor, el dolor del pasado y el presente.
Dos de las mujeres que participaron del tapping se acercan. Con una sonrisa y una cerveza en la mano.
“Vamos a almorzar, ¿te unes?”.

